Pocas veces me pregunto ¿por qué quiero ser maestro? Principalmente porque estoy convencido de tres principales razones para serlo. La primera es un llamado, la segunda una satisfacción personal que me llena cuando estoy dando o preparando clases, por último, aunque no menos importante, la riqueza que da la contribución en el proceso de adquisición de una nueva lengua.

Me refiero primeramente al llamado porque considero que sin él nada funciona. Además de todos los conocimientos que podamos adquirir en la carrera, necesariamente debemos sentirnos con la vocación para estar frente a un grupo. La vida de un maestro es dura, injusta en muchas ocasiones y, sin embargo, cuando tienes la certeza de que tu existencia en esta vida se justifica en gran manera desempeñando esa actividad, los afanes acaban valiendo la pena.

Y qué mejor que la satisfacción que ofrece ver el camino recorrido y los progresos de un grupo. Cuando se obtiene un balance positivo del proceso de un grupo, va incluida una satisfacción muy grande. Yo ya he sentido esa satisfacción y me confirma que el trabajo vale la pena.

Finalmente, aunque no menos importante, es la materia que impartiré. El proceso de adquisición de una nueva lengua es, en muchos aspectos, complicado. El reto del educador de nuestros días se resume en acercar al alumno los conocimientos, ser un elemento que ayude. Todo intento que realice el maestro, la reacción del alumnado y la interacción que se desarrolle en el salón de clases dejan una riqueza muy grande, una experiencia que no hace pulirnos, como las piedras de río que adquieren una redondez con el paso constante del agua.

Yo quiero ser maestro porque quiero ayudar a los demás, concretamente acercándolos a un idioma nuevo que les pueda abrir las puertas a un nuevo futuro.

Texto tomado de un trabajo de “Cultura escolar”, hecho el semestre pasado