Llamo «mi música» al conjunto de músicos y canciones que han acompañado mis aventuras, como si de una banda sonora de mi vida se tratara. Considero que, aunque cada etapa ha tenido una variación, mis gustos se establecieron en la secundaria y el bachillerato: son las dos etapas definitorias de mi rumbo fundamental en la vida.

Hace tres o cuatro días me topé con un disco de Silvio Rodríguez que no había escuchado en mucho tiempo: Rabo de Nube. Me llevó al pasado de inmediato: un cuarto oscurecido todo el tiempo, con las cortinas azules corridas y un intenso olor a humedad porque el interior aún estaba en obra negra y los tabiques la absorbían siempre en la época de lluvias. Muchas veces escuché ese disco, tendido en mi cama y atosigado por el dolor de mi ojo izquierdo, las dudas existenciales, la desesperación y la impotencia que sentía ante la enfermedad que parecía siempre doblegarme. Recuerdo a Adriana, quien con paciencia me contaba «la vida de afuera» y retaba mi propio egoísmo con sus ojos oscuros –porque no había luz en el cuarto y no me había dado cuenta de su claridad todavía– También mi madre y su preocupación fueron capaces de mostrarme que Dios no me dejaba nunca, aunque pareciera que en medio del dolor y la tristeza el sentido me había abandonado cuando apenas comenzaba a descubrirlo.

La canción, compañera, avivó mis deseos de nuevos horizontes y mi esperanza de tiempos mejores, cielos nuevos para cuando escampara el rabo de nube que entonces sólo traía tormentas a mi corazón. La promesa de vamos a andar para construir un mundo mejor era y sigue siendo un pretexto perfecto para buscar ese tan esperado día feliz que está llegando, pero no se manifiesta con toda su fuerza. La voz del Señor se manifestaba con la fuerza de la voz de Silvio asegurando un amor que superaba las propias garras que me aferraban en aquel momento. ¡Cuántas veces ese solo de chelo me sacó lágrimas! Despertaba a mitad de la noche tanteando oscuridad, mientras su tiempo se metía en mi tiempo, invocando los misterios del tiempo y nombrándome. También comenzó mi ansia de recorrer el mundo como los tres hermanos, de mirar algún día con diez años de más, con más experiencias en la mochila y sueños imaginados, logrados o en proceso. Al final, a corta edad comencé a recapitular, hacer síntesis de mis procesos y testamentos porque a veces sentía que el final sería la única forma de salir de aquellos dolores, de aquella impotencia y confusión.

De todo esto me acordé, mientras la lluvia azotaba en el cristal de mi ventana. En otra casa, con mis ojos sanos –hasta donde la miopía y el astigmatismo lo permiten– y con más fuego en el corazón, atesorado después de tantas otras batallas que he ganado y perdido, de las que me he acobardado, en las que no he sabido cómo entré ¡o cómo salí! Al final, con una sonrisa grande y la mirada en el cielo plomizo, agradecí porque Silvio fue parte de mi historia y lo sigue siendo: antes en una cinta magnética, hoy en una serie de unos y ceros.