Me miraste
aun antes de que fuera capaz
de devolverte la mirada,
e incluso antes que el corazón
supiera acoger tanto amor.
Desde siempre y para siempre
me has mirado.

Y parece, Señor, a la distancia,
que eres capaz de escudriñarlo todo,
de llegar con tu amor
hasta los límites que yo no conocí.
Cuando me miras Tú,
mi corazón tiembla suavemente,
como una de tantes flamas
pequeñitas que se amparan
bajo los grandes nichos de los templos.

Me consumo en silencio y te contemplo,
mirándome desde la tierra
abandonada y rota, embriagada de sí:
tu mirada es lamento.

Me miras desde
el cielo aborregado y gris,
y desde el cielo azul turquesa:
tu mirada refleja poderosamente
lo que traigo entre manos.

Me miras con los ojos
del niño, cargados de
ilusión y alegría.
Me miras con la angustia
de mi hermano, que busca
y que no encuentra.
Me miras con la gran luz
de las llamas del
corazón inquieto ante lo injusto.
Me miras en medio
de la mesa, entre mis
hermanos, y me invitas
a ser un vino nuevo,
un odre nuevo.

Me miras desde la
majestuosidad de la montaña
y susurras mi nombre
–como aquella mañana.