Querido Dios. ¡Feliz Navidad! Gracias por compartirnos a tu Hijo Jesús, por dejarnos conocerlo, porque al conocerlo a él, te conocimos a ti.

Lo que me sorprende es que haya nacido en un pesebre austero, humilde, pobre. La pobreza material siempre me ha cuestionado, no me gusta, no la quiero, no la acepto, porque pienso que los bienes materiales deberían estar destinados justamente al bien común, al bienestar de la persona y de los pueblos, es decir, de todos. Me niego a pensar que ideaste una humanidad dividida en clases sociales, más bien creo que éstas, son el resultado de la mezquindad de algunos hombres. Me lastiman los rostros de la gente que sufre por no tener lo elemental para existir, e igualmente, me hiere la postura humana egoísta que tiende a acumular más de lo que tiene, aunque no le haga falta; y que se desvive por comprar, por regalar, por adornar, por gastar sin sentido. En estas épocas las tiendas están repletas de cosas y de gente. Forman largas filas en las cajas de cobro, se empujan porque quieren pasar primero, se molestan, se enojan. Pero esto es sólo para unas personas y familias, para las que pueden. La inmensa mayoría, sea de ciudades urbanas o pueblos rurales, no tienen las posibilidad, pero la ansían, la desean, la esperan, la sueñan. Es sumamente cruel no tener y querer, no poder y ansiar.

Pero tú pusiste la pobreza material como el telón de fondo para el nacimiento de tu Hijo. ¿Por qué? Los relatos de los Evangelios de Mateo y Lucas no dejan lugar a dudas, cambian los detalles, pero no la realidad cruda. Tu Hijo nació sin ninguna comodidad y sus padres con muchas preocupaciones terrenales. Sé que había alegría en sus corazones, pero ¿qué tenían ellos para ofrecerle? ¡Muy poco, casi nada!, ni siquiera una casa, un espacio propio, según se narra: tuvieron que tocar puerta tras puerta, hasta que encontraron un paupérrimo (miserable) pesebre, en donde guardaban del frío a los animales de trabajo (el asno y el buey, y alguno más que por ahí debió haber habido), ¡y no había nada más!

Tanto nos ha molestado esta escena del nacimiento de tu Hijo, que la hemos endulzado y la hemos cambiado, y hemos traicionado así su sentido, convirtiéndola en lo que no es. Ahora los pesebres son estilizados, adornados con luces y con otras baratijas que se cambian cada año, con el pretexto de que todo se “vea bonito”. Festejamos el nacimiento de tu Hijo con las preocupaciones de la fiesta, de la comida, de los invitados, de los bienes materiales, más que con la reflexión o la meditación sobre la verdadera alegría y felicidad humana.

Querido Dios: todo lo haces bien. Y sé que el nacimiento de tu Hijo, hoy en particular, viene a salvarnos del materialismo y del consumismo, de la agresión y las múltiples formas de violencia en las que hemos caído. Viene a gritarnos que la felicidad no está ligada a un bien material, al dinero; que para ser feliz no se necesita más que tener un corazón dispuesto a descubrir la alegría, propia y la del otro, aún en las circunstancias más difíciles. Que no se necesita solamente tener para compartir, pues lo mejor que se puede dar es la vida misma, lo que uno es. La alegría es una actitud de vida, una decisión de cómo quiere uno vivir.

En tu Hijo, tú nos diste el mejor de los regalos, la mayor de las dichas. Pudiste haber hecho un mundo nuevo, llenarlo de múltiples riquezas, transformar de un soplo todo lo malo que había en esta tierra… Pero preferiste darnos a tu Hijo, lo que tú mismo eres, a tu amado. Y lo hiciste de una manera tan sencilla y humilde, con el tierno nacimiento de un niño, en un pesebre, sin riquezas, pero rico en todo, que al contemplar la austeridad suya, me lleno de vergüenza, porque ansío y quiero tantas cosas que no son tú.

Con su nacimiento surgió la esperanza, el anhelo de luchar por un mundo mejor, con base en el trabajo, en el esfuerzo, pero sin equivocar el rumbo. El éxito de un hombre debe ser su felicidad, nos gritas desde el cielo… Y todos los días nos llenas de detalles para descubrir que fuimos hechos para ser felices. Y aunque caminamos ciegos, sordos y mudos y preferimos las tinieblas a la luz, tú estás siempre esperándonos para gritarnos que nos amas y que nos amarás eternamente.

El nacimiento de tu Hijo no nos invita al conformismo, por el contrario, nos impulsa a ser siempre mejores. Mejores seres humanos, mejores personas. Tú no quisiste que confundiéramos el nacimiento de Jesús con el poder, antes bien, escogiste el amor como el camino para llegar a ti, y de amor estaba rico el corazón de José y María, aunque las circunstancias fueran apremiantes. No tenían mucho, pero desbordaban de amor aquella noche santa en que nos diste el regalo de la Vida.

¡Feliz navidad Señor! Y que al contemplar a tu Hijo, nos llenemos todos de paz y amor. Transforma nuestros corazones para que un día, TODOS, podamos alabarte sin que nadie se quede sin participar de la fiesta, del banquete; ayúdanos a desterrar de nuestras mentes y corazones la tentación de ‘sentirnos’ diferentes; ilumínanos para retomar el camino recto y vernos todos como hermanos, porque el gran milagro de navidad nos quitó el velo, y podemos decir, que todos somos en Jesús, hijos tuyos. Fuimos creados para amar y para dar felicidad.

 

¡Feliz navidad Señor!
Y paz a los hombres de buena voluntad.

 

Reyes Muñoz Tónix
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