A veces, cuando llega el fin de año, veo que muchas personas hacen recuento de sus acciones y experiencias durante los doce meses anteriores. Utilizan este tiempo como un momento de reflexión, de agradecimiento, de planeación y propósitos para el siguiente año. A mí me cuesta trabajo hacerlo por tres razones:

  1. Habiendo nacido en mayo, el año para mí está cercano al fin en abril-mayo, más que en diciembre. Los cumpleaños que tuve no tuvieron grandes fiestas, pero fueron marcados por experiencias significativas, y han sido siempre espacios de celebración y reflexión –cuando ya tuve edad para la metacognición.
  2. Ya que mis padres eran profesores de primaria, mi primera infancia, el momento en el que todos adquirimos nuestra noción espacio-temporal, transcurrió regida por el ciclo escolar (septiembre-junio) Por lo que la temporada de clausuras era más común como experiencia de cierre, que el descanso invernal.
  3. Los ciclos dentro de mi formación más reciente en las Escuelas Pías también han ido de agosto a julio. Así que el fin de año para mí, está en función del bimestre junio a julio, caracterizado por las evaluaciones y retiros o ejercicios espirituales propios antes de la renovación de votos.

Sin embargo, Navidad – Año nuevo ha sido un tiempo de alegría en casa, casi siempre. Una alegría sencilla nos invadía sobre todo porque era un tiempo de estar en familia, de acercarnos alrededor de la mesa y celebrar. Dábamos gracias por la vida que teníamos, aunque los banquetes de otras casas no estuvieran en la nuestra. Mi padre y yo poníamos un nacimiento distinto cada vez. Teníamos pocas decoraciones, pero construir el nacimiento nos ocupaba bastante tiempo. Recuerdo que la sidra era algo importante, y al abrirla se generaba cierta expectación por ver a quién le tocaba que le pegara el tapón. Eran noches tranquilas.

Muy pocas veces fue necesario ver la televisión y sus “especiales” de Navidad o de Año Nuevo. La mayor parte del tiempo, a mi padre le gustaba ver los resúmenes de noticias, o los recuentos de fin de año. Recuerdo que incluso en su biblioteca estaban dos anuarios de Groliet. (1980 y 1976) Pero en la noche, nos gustaba más platicar historias de los tiempos pasados, anécdotas que fueron conformando nuestra historia familiar y construyeron mi propio imaginario personal sobre el mundo, antes de irlo conociendo de primera mano.

Hoy estoy con mi madre, mi hermana y mi sobrina. Ellas terminan de cocinar la comida, mientras yo escribo. En un par de horas comenzaré a cocinar la cena… hacemos experimentos juntos. Me gusta, es divertido. No sé cocinar, pero sí me gusta poder alegrarnos mientras nos ponemos a experimentar con sabores que vemos en recetas de otras partes. Estoy muy contento de poder pasar con ellas al menos unos días. Dios nos cuida.