Me da gusto cuando un alumno supera sus propias barreras. Creo firmemente que ésa es la función más grande de un maestro. Ayudar al alumno a vencerse a sí mismo es un triunfo reservado para quienes no se rinden. Hace pocos días, el P. Marco hacía una referencia a ser un “cooperador de la verdad” que me dejó pensando en las formas en que, a lo largo de mi vida, Dios se ha servido de mí como un instrumento para que su Verdad pase hacia quienes la necesitan. También me puso a pensar en cómo en muchas otras ocasiones he sido una piedra de tropiezo para quienes de corazón buscan la Luz que ilumina las tinieblas más oscuras. Y tengo que decir que, haciendo un balance, no hay forma de salir tablas con el Señor. Hay demasiadas veces en las que mi capricho o mi desdén se vuelcan contra mí; mi arrogancia nubla mis ojos y cierra mi corazón. No es tan simple reconocerlo a primera vista, pero estoy seguro que de algún sitio vendrá. 
De ahí que el magisterio sea una fuente de tantas alegrías. En escasas ocasiones me he visto tentado a engañar, a dejar que un alumno se estrelle contra la roca que le obstruye el paso. Ya sea conquistándola con sus propios talentos, o mostrándole una vía más adecuada para sus posibilidades, creo haber conseguido que varios de mis alumnos lleguen a sus metas. Me duele mucho, tengo que reconocer, cuando uno de ellos no logra su cometido. 
Espero poder seguir teniendo la posibilidad de compartir, de coadyuvar y mostrar sendas certeras para quienes entren en contacto conmigo como educandos. Dios me permita no estorbarle y que sea Luz para todos.

Non nobis Domine non nobis sed nomini tuo da gloriam