AJPM

Celaya de la Purísima Concepción
septiembre de 2002

Ante las cartas de mis hermanos Athos y Akira.

Yahvé dijo a Abraham: “Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu Padre a la tierra que yo te mostraré”

Gn. 12, 1-2a

Así me has llamado, Señor, hacia una tierra nueva. Aquí estoy de extranjero, pero sin sentirme realmente extranjero. Tú eres quien nos sostiene en este caminar.

Dentro de aquello que dejé físicamente, pero que aún llevo tatuado en el alma, está la amistad sincera de Oscar y Betsabé. Sabía que se amaban (aún lo hacen) pero no tenía conocimiento de las tan profundas verdades que me han sido reveladas.

Hoy, me has hecho ver que como religioso la mejor ayuda que puedo ofrecer es el amor en la oración más sentida, elevada hacia Ti por ellos y yo. Los amo profundamente y tante te amo a Ti, que en ellos veo tu imagen atribulada: es por eso que te pido por su bien.

Para ellos y para todos estoy en este sendero. No estoy de acuerdo con mucho de los que han hecho, sin embargo he de reconocer que el Juez sólo eres Tú (Cfr. Ap 5,12) y por ello mi nada sólo ha de amarlos.

Gracias, oh Dios, por su amistad. Por ellos, hoy te elevo una plegaria de Amor.

Haced lo que que Él os diga.

ORHR
Novicio Sch P.

Vaya con las cosas que escribía de novicio, ¿no? Hasta con citas bíblicas empezaba. En aquella ocasión recibí dos cartas de mis amigos. No diré lo que me contaron en esas líneas, pero sí puedo decir que era algo que me hizo enojar, sentirme un poco triste por ellos. Estaba en hora libre, así que bajé muy emputado a la capilla y le reclamé a Dios no poder estar ahí, con ellos para apoyarlos.

Al rato de estar sentado, con la cabeza entre mis manos, con las líneas en mi mente y mi impotencia en el corazón, me di cuenta de que yo estaba ahí y lo único que podía hacer era orar. Dios haría el resto, porque su Misericordia alcanza para todos los que quieran cobijarse bajo ella. Me arrodillé y me quedé ahí otro buen rato; sólo que ahora no reclamaba.

No siempre he tenido la fe que tengo ahora. Ha sido un proceso hecho de cuestas y duras experiencias, de consuelos y alegrías, de lecciones sencillas, pero difíciles de aprender. Es que Dios tiene una forma extraña de enseñarnos las cosas. No las comprendemos a la primera y sólo su gracia nos ayuda a caminar.

Escribo todo esto porque ahora estoy en una situación similar. Ya no estoy en el seminario, pero estoy “lejos” de una amiga muy querida en mi corazón y mi espíritu. Me duele saber que me necesita y no puedo darle un abrazo fuerte y que sus oídos escuchen un “Yo estoy aquí, no tengas miedo. Vamos a salir de esto juntos”…

Así que me valgo de esta botella lanzada al mar para hacérselo saber. Para que sepa que estoy orando por ella. Que todas las cosas tienen una solución y que Dios no mandó a su Hijo para amolarnos, sino para salvarnos. Que en mí tiene un amigo sincero, un corazón abierto y un apoyo incondicional. Lo que necesites, mujer de Aquiles. Ánimo, no temas actuar, mira que el Señor te ha bendecido ya. Te amo.