Un amigo mio dijo cuando se cambió a nuestro grupo de inglés: “change is good” y así justificó su sorpresivo movimiento. Cuando tuve una clase sobre dialéctica, fue estremecedor saber que, queramos o no, el cambio nos llega, nos lleva. Vivimos en un constante devenir y vamos transformando a la par que nuestro entorno. En los últimos textos he puesto comentarios relativos a las distintas metamorfosis que -de un modo u otro- me ha tocado vivir o ver.

Anoche, no sé bien porqué, no pude dormir. Bueno, más bien el sueño me venció hasta las 3 -quizá un poco más- mi corazón acelerado y la boca reseca. Una vuelta, otra… nada. Me puse a pensar -cosa que como sabes me da por hacer de vez en cuando, sobre todo en mis tiempos de ocio- que estoy a punto de iniciar, ineludiblemente, un cambio más en mi vida. Siento algo raro en la boca del estómago cada vez que lo pienso seriamente.

Mi tiempo en Oaxaca se extingue algo más rápido que la pabesa de la canción. Si, como todo está planeado, salgo el 12 de la ciudad de México, mi salida de Oaxaca debe ser el 11 (hora por confirmar) Eso nos deja con menos de 20 días aquí. Hay un sabor agridulce en todo esto: es un querer que llegue, pero desear que tarde. No sé si me explico… soy raro. Me siento feliz de haber conseguido esta beca, pero luego -a veces- me dan golpes en las vísceras y como que no sé qué sentir exactamente. En poco tiempo, a fin de cuentas, no tendré más que adaptarme lo más pronto posible al “you” y el “well”.

Hay una situación algo compleja de este lado. Mi padre ha venido estando mal del riñón los últimos meses. Lo mandaron a diálisis, no quiso, ahora se trata con homeopatía. Su estado ha devenido en una estabilidad que inspira la tensión que se vive en casa. No es tan simple como cruzarse de brazos y seguir adelante, mi padre ha sido la columna fuerte de la familia, aún con su intermitente presencia. De un momento a otro, mi madre ha tenido que levantarse y sostenerlo todo -o casi todo- por encima de sus propias dolencias.

Irme no es tan ilusorio entonces, ¿verdad? Mi presencia puede no cambiar en nada el estado de salud de mi padre, es verdad; tampoco puedo hacer que mi madre se preocupe menos… es simplemente que mi panorama se complica y llega la hora de tomar decisiones, y eso implica una renuncia, después de todo. Y yo que pensé que lo de las renuncias era exclusivo de… algún otro tiempo y lugar. ¡Vaya!

A mi hermana le esperan tiempos duros también por su situación matrimonial. Las cosas ya no van como antes, de todo lo que se pensó o soñó, ni rescoldos, ni ruinas que merezcan ser vistas. Ya no sé donde empezó el dolor, pero ahí está, pegándole a todos por igual. Y la niña que ya no será niña en unos meses… bueno, es que ya es una adolescente con todo lo que implica para una madre que, de facto, está sola. Cada quien es responsable de su vida, es verdad, pero no puedo dejar de pensar un poco en esto también.

Hay, empero, algo que me quedó muy marcado: palabras -letras- de una persona muy especial en mi vida: No voy a salvar al mundo. Aquello que esté en mis manos, haré lo posible por lograrlo y pondré mi empeño en salir avante en las pruebas que, a título personal, me toque pasar. Más no puedo hacer, sería engañarme, presionarme y frustrarme al reconocer mi impotencia. Sí, la impotencia cala hondo, pero es una parte más de la naturaleza humana. (Por eso quizás tenemos dioses omnipotentes)

El cambio es bueno, sí, porque después de todo nos muestra que seguimos siendo flexibles ante lo que la vida nos presenta. Cada uno vivirá sus propios retos y enfrentará sus miedos en este caminar continuo y -en ocasiones- extenuantes. Una cosa es cierta: Todo cambia.