Primero que nada, vuelvo a aclarar que esto es una mera aproximación personal, desde lo que alcanzo a ver, a pensar de lo que veo, a pasar por el corazón de lo que pienso, y va plasmado en palabras.

  • Estamos hablando de personas en esta situación, más que de “creencias” o “esteeotipos” o “juicios de opinión”. Ni todos los católicos hemos salido a marchar, ni todos los homosexuales tienen la urgencia de casarse porque de eso depende el resto de su existencia. Es ridículo pensar algo así.
  • Precisamente porque hablamos de personas, comprendo la necesidad de afirmación de identidad que está detrás de una petición tal. Una petición que no ha partido de un interés de equidad de parte del gobierno federal –me queda claro– sino que ha sido una lucha desde los tiempos de Tito Vasconcelos, por ejemplo.
  • En esta afirmación de identidad, comprendo que en una sociedad patriarcal –donde muchos sectores pueden estar cerrados, opuestos, incluso agresivos hacia quien manifiesta su homosexualidad– haya quienes deban asociar con tanta fuerza su identidad personal a la orientación sexual que han descubierto en sí mismos.
  • Justo porque es algo hallado dentro del dinamismo personal, no está sujeta a juicio. Rechazo radicalmente la afirmación que la llama una “desviación”, “enfermedad”, “incompletud”, “abominación”.
  • Creo que uno de los centros que constituyen a la persona humana es el relacional. Buscamos en “el otro” el perfecto reflejo que nos permita darnos cuenta que no estamos solos en esta lucha, en esta vida. Buscamos encontrar en “el otro” un sentido pleno de vida: la posibilidad de construir un proyecto que nos permita crecer y alcanzar los presupuestos mínimos de una felicidad que se completa en el conocimiento profundo del otro, hasta alcanzar un grado de comunión.
  • Dicho esto, cuando yo veo personas sostenidas de la mano, dándose un beso o un abrazo, recuerdo con ternura el amor al que hemos sido llamados. Tengo amigos que aman amigos, tengo amigas que aman amigas y que buscan una comunión, tanto como la buscan mis amigos que aman amigas y mis amigas que aman amigos. En el mundo complejo de las relaciones humanas, creo que tanto los homosexuales, como los heterosexuales pasan por las mismas luchas, el mismo drama, la misma búsqueda ad intra. No obstante, reconozco que ad extra no hay igualdad: mis amigos homosexuales luchan con el rechazo de quienes los juzgan con presteza porque se toman de la mano; mientras mis amigos heterosexuales son celebrados porque se quieren mucho.
  • Por eso tengo mis dudas respecto a esta ley por sí sola. ¿En verdad estamos en esa posición, como sociedad, en la que comprendemos la sexualidad como una dimensión compleja, rica, dispuesta para que salgamos de nosotros mismos en la búsqueda del otro, que nos capacita para la construcción de lazos, de proyectos juntos y no es simplemente una genitalidad cargada de tabúes, culpas? Creo que las marchas nos han hecho ver que no es así: los estereotipos siguen siendo una constante al momento de valorar la realidad.
  • Para mí, el matrimonio tiene dos dimensiones: una procreativa y una unitiva. Yo particularmente valoro mucho la unitiva, simplemente porque de otra manera, mi familia se habría roto en mil pedazos después de poco tiempo. –¿No será que nos hace falta darle más peso a la unidad profunda, la comunión, que a la función biológica-genital?– Precisamente porque una pareja homosexual no goza de esta función procreativa, me resulta complicado llamar “matrimonio” a su unión.
    • Tú podrías decirme, querido lector, ¿no podrías cambiar tu definición de matrimonio? Yo contestaría, que aunque lo hiciera, no dejaría de existir el hecho de que las uniones son diferentes en ese rubro.
    • También podrías hacerme ver que la adopción daría a una pareja homosexual la posibilidad de criar hijos e hijas, con lo que serían fecundos. Después de todo, hay heterosexuales estériles que lo hacen, ¿no? Yo te diría que tendríamos que andarnos con sumo cuidado de tratar a “hijos e hijas” como algo que uno adquiere en un supermercado. –Y claro, ahí habría tema para otras líneas, en otra entrada–
    • Por último, escuché en un foro organizado por una senadora (sí, a las once de la noche veía el canal del congreso y me tomaba un cafecito) que negar el “matrimonio igualitario” equivaldría a la segregación de los Estados Unidos para las personas afroamericanas. Creo que es una exageración; y no. Exageran porque no hablamos de que vayan a distintas clínicas, distintos medios de transporte, distintas escuelas o carezcan de derechos civiles por su orientación sexual. Si se diera una ley que estableciera en toda la nación el reconocimiento de los derechos que protegen a los cónyuges para las uniones homosexuales, quedarían –según la misma lógica de la propuesta– aseguradas estas parejas. Entiendo, sin embargo, que no reconocer con el mismo nombre ambas uniones –aunque aseguren los mismos derechos– muy posiblemente derivaría en mirar a las uniones homosexuales como de segunda categoría, inferiores, o incompletas. Es abrir una puerta, dentro de la misma ley, para una discriminación aún mayor.
  • Hay cuatro cosas que me quedan claras en todo esto:
    • Como sociedad tenemos una deuda con las personas de orientación homosexual (dentro o fuera del clóset) simplemente porque en el “inconsciente colectivo mexicano” hay un rechazo a las muestras de cariño entre personas del mismo sexo, especialmente si ambos son varones. Quizá esta aversión tenga más que ver con la imperiosa necesidad de desmarcarse de todo cuanto haya de femenino, por haberlo identificado con la debilidad, pasividad, hasta nulidad. ¿Será éste un venero del problema?
    • La clase política de este país ha mostrado una vez más su populismo y a poner los intereses políticos propios antes que el bienestar de los ciudadanos. Si bien la SCJN ya ha sancionado casos concretos al respecto, con lo que parecía pavimentado el paso para la iniciativa, han sido los mismos legisladores quienes se asustaron con el petate del muerto. Todo comenzó como una jugada política y quedó en eso.
    • Hay miembros de la dirigencia de iglesias cristianas (no, la católica no fue la única en las marchas) que manifestaron su postura respecto a este tema tan espinoso. No todas fueron equilibradas, informadas. Me da mucha pena que haya líderes en la comunidad eclesial a la que pertenezco haciendo ese tipo de declaraciones: le restan credibilidad al discurso oficial.
    • Estoy casi seguro que quienes tenemos un amigo o amiga, cuya orientación sexual es homosexual, los reconocemos como personas, confiamos en ellos, reímos y lloramos juntos, disfrutamos de su compañía y quizás hemos simpatizado con su búsqueda del amor verdadero. Los vemos como PERSONAS, antes de pensar en si su orientación hace esto o aquello… ¡es ridículo! Esa experiencia de cercanía puede ayudarnos a poner en perspectiva los estereotipos, la discriminación porque cuando es uno de los nuestros, los seres humanos tendemos a comportarnos distinto.