¿Para qué invitamos a Jesús a nuestras vidas? Escuchamos el relato de la boda en Caná, si comprendemos el sentido profundo de la presencia de Jesús en aquella fiesta y miramos nuestra existencia: ¿qué está haciendo el Espíritu dentro de mi corazón? ¿Soy un don para las personas que viven conmigo? ¿Vivo algún compromiso con Dios todos los días?

Una boda es la ocasión feliz en que celebramos que la vida sigue su curso y que nosotros estamos dispuestos a colaborar con ella. Abrimos las puertas de nuestro corazón a otra persona y le decimos que es digna de ser amada para siempre. Y a través de nosotros, el mismo Espíritu de Dios le susurra al oído: “tú eres amada”, a esa persona especial. ¡Qué belleza celebrar la vida en lo más hondo del amor humano! Jesús comparte nuestro gozo.

Una mujer es suspicaz, la única con la fineza para notar lo que otros no pueden, ni saben. María observa el rostro de los novios, del mayordomo de la boda, los cuchicheos de las mujeres en la cocina. Podría haberse unido a ellas, pero decide buscar a Jesús. Él es Dios que ha puesto su tienda en medio de nosotros, y él puede hacer algo, mostrar cómo es verdad que su presencia en nuestras vidas se traduce en bendición, alegría, belleza. Después de todo, el Espíritu de Dios habita en él… y es urgente porque ya no tienen vino.

¿Si nos sentimos apagados, agotados, muertos por dentro, qué hacemos? Cuando no queda sino la simpleza de la rutina en nuestras vidas, cuando se ha marchado la maravilla de la novedad, del encanto, de la ilusión, ¿qué nos queda? A veces somos como esas vasijas de piedra: vacías, inmóviles, mudas. ¿Por qué no dejar que el Espíritu del Señor haga su obra en nosotros? Los hombres llenaron las seis vasijas, símbolo de lo incompletos que estamos. Cuando llegó aquella agua y se transformó en vino, ¡la esperanza volvió y la fiesta continuó!

Cuántas veces nos percibimos sin ganas de seguir adelante, abandonados por el mismo Dios que ya no habla como antes, o que ya no sabe igual. La rutina diaria que vives es como esa agua, con la presencia de Jesús puede transformarse y llegar a ser el vino mejor, a tener verdadero sentido, hondura. Una alegría que se reparte entre todos los que te rodean, que cambia vidas, que florece en medio de la comunidad para su bien.

Seguir a Jesús significa entregar nuestra debilidad en sus manos, para que él realice sus signos. Aquellos hombres, la pareja de novios, el mayordomo y los invitados siguieron con la fiesta asombrados, pero nada más. Solamente los discípulos creyeron en Él. A partir de ese día permanecieron a su lado, hasta el final. Reconocieron los signos de Dios presentes en sus manos, en sus palabras, en sus enseñanzas; y la vida cambió para siempre.

Era verdad todo lo que habían escuchado: que Dios los amaba, que él había salvado al pueblo y que ahora estaba en medio de ellos, como uno de ellos, para que ellos tuvieran vida abundante y feliz. Y tú, ¿cómo vives esta fe?

¿Eres un mayordomo asombrado,
o un discípulo que cree y apuesta su vida por Él?