Es sábado y son las cinco y media de la tarde. Los hermanos escolapios llegamos a casa después de concluir la primera mitad del séptimo semestre de la LEMSI, en la UMA. Pareciera que en una semana muy poco –nada– podría enseñarse a nuestros grupos, pero al finalizar esta semana hemos avanzado más que lo que muchas escuelas pueden hacer en tres meses. No hablo necesariamente del programa oficial de estudios, o de la programación de contenidos dada por la institución a sus docentes. Yo más bien me refiero al hecho de que las semanas en la UMA son intensas, y, a veces tenemos que tomarnos un respiro: de ahí que los domingos no vamos a clases.

En fin, el caso es que la primera semana de clases ha terminado y, la verdad, me siento contento, tranquilo, cómodo, e incluso mucho menos cansado que en años anteriores. Tal vez tienen que ver tres factores: uno, que he desarrollado hábitos un poco más estables, tanto de alimentación, estudio y descanso, como de relación con mi cargo de jefe de grupo; otro, que la carga de trabajo para esta semana no ha sido la de otros años: menos trabajos en equipo, y definitivamente menos tareas; tercero, que cargo mucho menos en la escuela, sólo llevo la tableta que mi madre me compró en las vacaciones, y algunos documentos que sea menester. Todo cabe en mi pequeña bolsa Wenger y ¡listo!

Se nos presenta el reto del comienzo de las otras responsabilidades que suceden a los séptimos semestres cada año: la interculturalidad (a la que dedicaré un post más adelante) y su día festivo –próximo sábado 30. Nos corresponde organizarla, aunque sinceramente seguimos el modelo que ya conocemos porque no hay tiempo para asegurarnos de experimentar demasiado, además, creo que el objetivo central del día es no sólo reflexionar y apreciar la diversidad cultural mexicana, sino tener un día de asueto en medio de las presiones que pueden existir en la universidad.

Sobre si los cursos son lo ideal, ya escribiré alguna cosa, que estoy preparando. Tengo mi admiración en algunos aspectos, pero luego otras notas también arrancan más de una confusión, decepción, desconcierto… Ya hablaré al respecto. Por lo pronto, baste decir que, en ocasiones, pienso que la UMA y su LEMSI son el mejor repaso que me pude encontrar de la carrera que terminé en 2008: al final del mismo podré graduarme y buscar el título de licenciado de enseñanza media superior intercultural en el área de ciencias sociales. Estoy, en buena parte, acreditando lo que ya sé, lo que ya he hecho y, sobre todo, lo que me apasiona hacer y saber hacer.

La educación –ser educador– es, definitivamente, un estilo de vida completamente, como ha dicho mi profesor de economía esta mañana.



Es domingo 31 de julio, hemos concluido la segunda mitad del séptimo semestre. Las calificaciones se convierten en el gran tema esta semana. También el día de la interculturalidad roba tiempo, cámara, preparativos. Los profesores se apuran para darnos las notas, nosotros hacemos lo posible por cumplir con las expectativas de la evaluación y seguir nuestro camino.

¿Dos semanas pueden realmente concretar algo en nuestro bagaje? ¡Equivalen a un semestre! Hace algunos años existían paquetes de actividades: lecturas, ejercicios, ensayos incluso, que permitían una visión anticipada al contenido de los cursos. Ahora dejaron de tener peso «académico» (pues valían el 20% de la nota final) y hemos dejado de hacerlos, han dejado de importarnos. El resultado: en dieciséis horas esperan que abarquemos un semestre. De ahí que lo dicho por el profesor Juan Manuel resultó relevante:

Esto es un curso inductivo. La idea es conducirlos a la puerta, a la entrada, pero son ustedes quienes, de aquí, decidirán investigar más para enriquecer su práctica docente. Resulta iluso pensar que estas semanas son conclusivas de algún modo. Si estos cursos despiertan en ustedes la intención de buscar ahondar más en las áreas sugeridas, habremos cumplido con nuestra tarea.

La cosa es que no estoy tan seguro de que así sea para todos los asistentes a los cursos de verano de la LEMSI. De hecho, me da la impresión más bien de que vamos en la dirección opuesta. La gran mayoría está ahí por buscar una mera certificación y quiere, además, que ésta llegue con el mínimo esfuerzo de su parte. Yo mismo he llegado a pensar que  –dado que tengo ya una licenciatura previa– los cursos son una revisión, aunque no siempre una puesta al día. ¿Es esto desestimar el esfuerzo, el valor de los cursos? Creo que no. Más bien es considerar mejor, con calma, la situación que vivimos cada verano. ¿Estamos comprando esta certificación? ¿Creemos que sólo con venir aquí, de diversos lugares, tenemos el derecho a sólo calificaciones de sobresaliente? Estoy seguro de que los compañeros que tengo en el aula son sobresalientes todos, lo han demostrado más de alguna ocasión. Sin embargo, dudo que quieran poner un esfuerzo extra a veces, dudo que sean verdaderamente críticos de su propio rendimiento, de su esfuerzo, de su compromiso. Si la educación es un apostolado, ¿no debería desgastarnos desde la preparación misma? No me desconciertan los resultados, sino las actitudes.