Ciudad de México, a 13 de octubre de 2017.

Querida Columba:

Atesoro tu amistad y tus palabras porque le has hablado a mi corazón en el momento indicado. No cabe duda que Dios tiene sus formas de ayudarnos a reconocer su compañía a lo largo del camino. Tu presencia en mi vida ha sido siempre significativa.

¡Cuántas veces hablamos sobre los curas y la religión en aquella caseta telefónica sobre la calle de Independencia! ¡Cuántas palabras sabias y reclamos justos aderezados por una torta de la parrilla azteca, mientras oíamos algo de MTV! Mientras te leía, lo recordaba con alegría y una pizca de nostalgia. Es un privilegio tener tu amistad que, a pesar de la distancia, siempre encuentra maneras de colarse por una rendija de la ventana, como rayo de sol matinal que sorprende y alegra. Una verdadera bendición que tus palabras me exigen, animan y tienen presente.

Haber vuelto con los escolapios ha significado un reencuentro con mi corazón. Recuerdo que tú me dijiste alguna vez lo importante que era escuchar con el corazón porque ahí vive Dios. Eres una persona tan sensible y perspicaz porque eres capaz de vivir apasionadamente, y porque te conectas a los corazones de las personas que te rodean. Quizás por eso te produce tanto dolor, enojo o desconcierto cuando alguien no es capaz de valorar tu corazón, o cuando se cometen injusticias. Sé que me hablas con el corazón en la mano y por eso he leído conmovido cuanto me has escrito.

Mi provincial dijo algo el día de mi Profesión que ha seguido retumbando en mis entrañas desde ese día: “Ya no eres de ti; eres de Dios, eres de todos”. Tu carta, como comprenderás, es una expansión de ese mensaje. ¡Bendito martillo que da en el clavo! La sencillez y la humildad son las dos grandes virtudes que, junto a la caridad y la paciencia, hacen de San José de Calasanz, nuestro ejemplo del seguimiento de Cristo en medio del mundo. Lo que he recibido está en función de los demás, para desgastarse, como aquellos talentos de los que habla el Evangelio. Y ¡cuánto amor he recibido! No me queda más que responder con ese mismo amor, repartido entre todos, a través de mi forma de vivir, de cada abrazo, sonrisa, palabra, gesto, escucha atenta… Vivir entre los pequeños nos ayuda a nunca perder el piso, saber abajarnos y mirar a los ojos a los niños.

Sigo saboreando esta frase de tu carta: “No es necesario que uses sotanas con bordados de oro ni zapatos hechos a mano. Deja que tu vestimenta sea bordada por la gracia del espíritu santo y tus zapatos hechos por el amor de Dios”. Nuestras Constituciones hablan de seguir a Cristo como lo único necesario. Para mí, eso quiere decir muchas cosas, y todas ellas pasan por la confianza en su providencia. Cada camino que Dios tenga abierto para mí podré seguirlo porque su Amor habita en mí. Me sostiene aunque caiga tantas veces porque su amor es infinito; a veces esto me llena de asombro, de temblor.

Anoche me quedé pensando en esta otra frase: “No te acostumbres a vivir en las cosas de Dios, pero sin Él.” Me gusta porque exige algo en lo que he pensado más de una vez. Vivimos una vida en la que la oración, la lectura de la Palabra, la frecuencia de la Eucaristía, los temas de conversación sobre Dios forman parte de nuestra rutina diaria. ¿Me volveré insensible alguna vez a todo ello? Ruego al Señor que no sea así. Hoy me ilusiona llegar a poder compartir la fe, el Pan y la Palabra con todos ustedes, en especial con los pequeños del Señor, sus preferidos.

Cometería una grave injusticia si pusiera por delante la rutina, vaciando a lo más sagrado de sentido. No podría mirar a los ojos a los jóvenes si así lo hiciera. Ellos necesitan personas que les puedan comunicar alegría y esperanza, que les aseguren, a través de su propio testimonio desgranado día a día, que la vida tiene sentido. Yo quiero ser uno de esos cómplices que se acerquen a los jóvenes con el entusiasmo de quien ha encontrado el mayor de los tesoros y ha comprendido que quiere compartirlo a todo el mundo, a manos llenas, con la sonrisa en los labios y el fuego del amor en los ojos. Así concibo mi vida, que ha sido tocada por la mano amorosa del Padre, que ha sido llamada por la Palabra misericordiosa del Hijo, y que está sostenida por la acción vivificadora del Espíritu.

Sueño con una Iglesia a la que los jóvenes puedan llamar Madre, Hogar, Refugio. Sueño con una Iglesia que acoja con los brazos abiertos, con palabras de aliento y con escucha atenta. Sueño con una Iglesia que se construya desde la gente pequeña, sencilla; antes que desde los gestos de poder y los anhelos de suntuosidad. Sueño con una Iglesia que se reconozca como una comunidad animada por el amor, fundada en la esperanza, unida por la fe, congregada con alegría. Sueño con una Iglesia capaz de soñar con el Reino, despertar y dedicarse a la tarea de su edificación día tras día. Sueño con una Iglesia llena de afortunados atrevimientos y tesoneras paciencias. Sueño con una Iglesia que preste más atención a las personas que a los cánones, que recuerde más el celebrar y vibrar, que el respetar ciegamente las letras pequeñas. Sueño con una Iglesia que sufra, se alegre, anhele, grite y se levante frente a las injusticias y el dolor que viven sus miembros. Sueño con una Iglesia humilde, que acepte que no tiene todas las respuestas a todas las interrogantes, pero que siga confiando en que el Espíritu nos lo revelará todo si permanecemos humildes, en constante oración.

Ojalá pueda contribuir a la construcción de esa comunidad. Ojalá que mi desánimo y pereza no digan la última palabra sobre mi deseo y esperanza. Ojalá que siga encontrando el rostro misericordioso de Dios en medio de los niños y jóvenes con quienes trabaje. Ojalá que reconozca que viajo en la barca del Señor cuando llegue el tiempo de la lucha y las tempestades aunque parezca que éste sigue dormido sobre el cojín, en la proa. Ojalá que siempre me deje contagiar por la vitalidad y el dinamismo de tantos jóvenes que sueñan con algo diferente. Ojalá que mi vida pueda ser incómoda para los que prefieren que las cosas se queden como están. Ojalá pueda seguir orando por aquellos que se oponen, por los pusilánimes, por los que cómodamente critican sin meter las manos, por los perezosos, los desorganizados y los improvisados: ellos son mis hermanos, dentro de este hospital de pecadores. Ojalá sepa ofrecer la fraternidad que deseo encontrar en los demás, ser auténtico hermano y seguir orando porque construyamos una verdadera comunidad escolapia, como nos sugiere el Espíritu de Jesucristo.

Te quiero, amiga Columba. Gracias por tus palabras una vez más. Ora por mí, por favor. Te aseguro que tú y tu familia están en mi corazón y en mi oración. No pido mucho, sólo doy gracias porque estás aquí. Sé que el Padre te ama profundamente y todos los días te lo recuerda al corazón. Sé que camina en medio de tu familia, especialmente alerta cuando las cosas se ponen difíciles. Por eso le doy gracias porque te cuida con ternura, te da lo que necesitas, te perdona y te salva todos los días. ¡Qué grande es el Señor en medio de tu familia! Cuenta conmigo para que sigamos compartiendo las alegrías y dividiendo las tristezas; sumando los días soleados y brillantes, y restando angustias y preocupaciones. Así, cuando llegue el día del balance final, el buen Dios nos ha de sonreír mientras sostiene en sus manos benditas nuestro corazón, para que descanse al fin en su fuente, como un niño pequeño en brazos de su madre. Dios nos bendice. Te mando un abrazo fraterno. Gracias.

Otilio Ramón de María Auxiliadora, Sch. P.