Nota del 15 de abril 
Volver a compartir, volver a ver a mis hermanos fue realmente muy especial. En su mirada sentí una mezcla de sorpresa y alegría. Si algún día me impactó Lc. 15, no fue sino hasta que viví ese encuentro que lo comprendí en toda su dimensión. 
El P. Paco Anaya me sorprendió con una llamada y una invitación para ir a comer o cenar con los padres que estaban de ejercicios espirituales en Oaxaca. No es algo muy común, pues el ambiente es bastante parecido a un retiro, pero decidieron que era buena idea. Como el mismo Paco me diría después, muchos padres se alegraron de mi vuelta y algunos querían verme. Total, quedamos que sería el jueves a la comida. 
Apenas pasado el mediodía, el calor y el polvo del camino, esperaba yo, afuera de la capilla, repitiendo las mismas fórmulas, aún fuera, a la espera. Sus nombres recorría en una lista, con los recuerdos agolpándose al leerlos. 
Un amén que cierra y abre: divino pestillo. Terminada la oración, salieron de la capilla uno a uno. En sus ojos la misma llama inextinguible de una pasión que muchos no pueden explicarse todavía. En sus manos y en su abrazo la calidez de quien mira y toca a un hermano de siglos, llenos de la fuerza que confirma la misión y el llamado, de la ternura que habla el gozo del reencuentro, de la presteza de quien vive para cumplir Su Voluntad y siempre invita con su ejemplo. En su sonrisa, la alegría y la bienvenida. “Todos se alegraron,” dijo Paco después. Yo lo sentí así. Nunca antes me pude haber sentido tan en casa, en casa. Una sola palabra, dicha por un compañero de armas y grandes luchas del pasado, antes del seminario incluso, armonizó todo y me puso, al fin, en contexto: “¡Hermano!”
Reunidos para comer, hablando de lo que sea, citando anécdotas de quienes nos precedieron y nunca dejaron su humanidad de lado, a veces para bien y otras, no tanto. Con la risa llenándonos el rostro, nos reencontramos, hombres nuevos y viejos, en casa. 
Las palabras de aliento de quienes me hablaron fueron muy cálidas y sinceras. Mi maestro de noviciado me preguntó con la sonrisa a flor de labios si los rumores eran verdad, pero también si esto iba en serio. ¡Ay! Después de tantos tumbos he comprendido, he descubierto, he aceptado lleno de gozo, aunque no sin dolor, que ésta es mi vida, quien soy. Mucho queda por andar, pero hoy, -no como formulilla piadosa- digo “que Dios me ayude” Así que… sí, estoy va muy en serio. 

Que quien me ha llamado, me sostenga. Le entrego el sueño que una vez, convencido de no haberle visto, forjé para mí. Que Cristo tome mi vida gris, tranquila, cómoda y a mi gusto y la transforme según su Voluntad. Estoy en sus manos, desnudo y libre quiero vivir.