Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

μακάριοι οἱ εἰρηνοποιοί, ὅτι αὐτοὶ υἱοὶ θεοῦ κληθήσονται.

Mt 5, 9


¿Cuántos de nosotros no hemos estado cerca de alguien a quien admiramos por la grandeza de su corazón? ¿Cuántas personas alrededor nuestro nos han mostrado que es posible una vida mejor, un mundo distinto: más humano y más justo? ¿Acaso no hemos gozado de quien nos ha devuelto la esperanza en tiempos oscuros? Y todos ellos, ¿no podrían llamarse “santos” en tanto gozan de la presencia del Señor en sus vidas? No todos, claro, necesariamente confesarán a Jesús como su Señor, pero no podríamos negar que luchan por el Dios de la Vida y el establecimiento del Reino.

Hoy, mientras escuchaba «Canción urgente para Nicaragua», de Silvio Rodríguez, pensaba justo en todo esto. Este día marca la solemnidad de «todos los santos» en la liturgia de la Iglesia Católica. Celebramos sobre todo la santidad de Dios porque es gracias a ella que nosotros podemos aspirar a un mundo mejor y tener las fuerzas para construirlo. Agradecemos la vida de aquellos que han dejado todo para construir el Reino de Dios en medio de sus hermanos más pequeños. Y nos contagiamos un poco de su ejemplo, nos anima. La letra de la canción me hizo pensar en los que durante mi adolescencia significaron a Dios en mi vida.

De mis abuelos (Otilio y Ramona) aprendí mucho de la vida, de la condición humana y la gran riqueza y sabiduría que nos regala estar atentos a las experiencias del día a día porque en ellas se desgrana la esencia de la vida. Su ejemplo fue una guía que construyó mucho de mi visión del mundo. Sus palabras sabias se convirtieron en luz para mis pasos durante tiempos difíciles. Y sobre todo la escucha atenta y fiel a la Palabra; que no precisaba de “erudición”, sino de corazón. Es por eso que despedirme de ellos fue un paso tan grande: cruzar el abismo de la ausencia misma para abrazar la gracia de su presencia a través de su palabra y ejemplo en mi corazón, en el memorial de los momentos que pasamos juntos. Las sonrisas, la comida en la mesa, el vaso de agua o la taza de café. ¡Tantos signos que apuntan a la enseñanza y a la vida entregada generosamente por quienes amaban! Yo pienso que mis abuelos son santos.

Cuando era novicio, en Celaya, conocí a dos padres catalanes entregados al Señor, admirables, cada uno desde su propia personalidad desgranaba el carisma escolapio cotidianamente. Eran mayores, de aquella oleada de catalanes que llegaron a nuestras tierras sabiendo que quizás no volverían más a la tierra que les vio nacer. Antonio Torrente y Salvador Vallés fueron personas que me enseñaron mucho de la vida escolapia, de la entrega atenta al Señor que nos llama siempre, que no deja de atraernos para una mayor intimidad, que no cesa de buscarnos en medio de la intensa actividad. El amor entregado de quien se ha sabido amado con intensidad, expresado con la personalidad de cada uno. ¡Vaya riqueza en aquel año! No sé cómo habrá sido con otras personas, porque compartí con ellos una época de su vida donde comenzaban el noviciado del cielo y sin embargo, puedo decir que ellos son santos. ¡Cuánto amor repartieron doquiera que fueron!

Dos amigos que hoy gozan del cielo también fueron clave en ciertos momentos de mi vida. Uno, Hans, durante mi adolescencia, pertenecía a una generación mayor que yo en el movimiento FEF. Un día el corazón dijo que era tiempo de volar al Señor, y partió. Durante su funeral pude volver a ver a muchos de quienes habíamos compartido un trecho del camino años atrás. Todos éramos de la misma opinión: Hans era santo. La otra amiga es Dahlia. Además de una talentosa artista, era una persona capaz de una sensibilidad y una compasión admirables, inspiradoras. Su final queda en el misterio que se resolverá el día en que pueda reencontrarme con ella, sin velos, y podamos contemplar la verdad tal cual es. Baste decir que todos quienes tuvimos el privilegio de cruzar caminos con ella quedamos tocados por la sonrisa franca y el amor que irradiaba. Ella ahora descansa en el seno de Alá, el Eterno, el Misericordioso.

¿Quiénes son tus santos, querido lector? Yo vivo agradecido con muchas personas. Hoy han venido a mi corazón y mi mente éstas, en concreto; pero ¡claro que hay más! Dios se ha manifestado en mi historia a través de la generosidad y el amor de muchas personas. Una de las razones por las que creo profundamente en la bondad de Dios y su fidelidad, es que dentro de mi historia siempre ha existido alguien para recordarme que soy amado, que soy hijo de Dios. De ahí que yo mismo diga para esas personas, que son bienaventurados (μακάριοι) e hijos de Dios (ὐιοι Θεοῦ) con quienes espero reunirme un día, en la gran fiesta: el banquete eterno de bodas del Cordero.


Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.