¿Qué mueve al hombre y la mujer de nuestro siglo? ¿Por qué sería capaz de dar la vida? La vida nadie quiere perderla. Todos quieren ganarla y alargarla si es posible. La “batalla” contra el deterioro del cuerpo, por causas naturales, nos ha llevado a invertir en un sin fin de recursos humanos y materiales. Hoy vivimos más que en otras épocas debido al progreso y desarrollo de la comprensión que tenemos de nosotros mismos, y de las ciencias y la técnica que hemos creado para el cuidado de la salud. Pero, el hecho de vivir más, no implica necesariamente vivir con mejor calidad, y en ciertos casos, con dignidad. El miedo a perder la vida nos ha generado un problema asociado: la angustia. Y la angustia nos ha “provisto” de nuevas enfermedades que antes no conocíamos. Y la “batalla” continúa, ahora en un escenario que no sólo debe atender el cuerpo, sino el alma; enfermedades “misteriosas” para las que todavía no se tiene cura alguna. “Alargamos “ ilusoriamente la vida, porque no se detiene el tiempo, pero algunas veces con falta de sentido. Vivir más es la meta. Pero, a todos el esfuerzo invertido hace falta incluirle un ¿Para qué?”

Para qué vivir más, si no tenemos la capacidad de ser mejores personas, con la perspectiva de vivir y contribuir a formar una sociedad más humana, más digna. ?Para qué le pedimos más vida a Dios si la desperdiciamos en lo inútil, reproduciendo los mismos errores y horrores a los que hemos llegado? ¿Para qué prolongar la existencia que no valoramos, al descuidar la propia vida en vicios y placeres, en derroches y cosas absurdas? Vivir con dignidad y bien no está ligado con tener más o con la prolongación del tiempo. El hecho de tener no nos hace mejores personas. Si esto fuera así, todos los que tienen serían mejores, y sabemos que esta “fórmula” no funciona del todo. Tristemente constatamos que con una tendencia y mentalidad consumista, el tener está directamente relacionado con la idea de poder, de ambición, y no con el de calidad de vida. Malgastamos la vida que luego queremos salvar y esto es contradictorio. “Ansiamos” los excesos que nos dañan (sólo basta observar los modos de vida actual) para luego infantilmente quererlos remediar. Consentimos ciertos modos de vida de nuestros hijos e hijas, permisivos y libertinos, para luego quejarnos porque no nos hacen caso. Y a eso le llamamos vida. 

El deterioro social y de valores que experimentamos en la actualidad, en gran parte, son nuestra responsabilidad. Pensamos -ingenuamente- que la culpa es de otros. Creímos que la modernidad, el desarrollo, el progreso, la técnica y el confort nos iba a dar la felicidad, pero sólo aumenta nuestros miedos, nuestras inseguridades, y en gran medida sólo nos ha despersonalizado. Para cierta clase de individuos son más importantes los bienes materiales que las personas. 

¿Par qué vivir más sin o remediamos nuestros males? Y no me refiero aquí sólo a los males sociales, sino a los personales. Toda vida tiene un significado, no hay vida desde Dios que valga más y otra que valga menos; para ciertos hombres y mujeres, sí. Nada es creado inútilmente. Hasta la más diminuta criatura tiene una razón de ser. Cuando un hombre o una mujer sólo existen para poseer, para acumular, están reduciendo a lo material el sentido de su existencia. El hombre y la mujer fueron creados para ser trascendentes, para ser imagen y semejanza de Dios. 

Jesús en el Evangelio de Lucas (12, 13-21) nos advierte de no dejarnos llevar por la codicia, de que no pongamos nuestro corazón en las posesiones, en la avaricia, en acumular. Sencillamente porque esto no da la felicidad. Y nos recuerda con un ejemplo cotidiano, pero tan real, que todo aquel que acumula debe tener claro que podrá comprarse todo lo material, pero no la vida. Todos irremediablemente un día moriremos y dónde quedará lo acumulado o quién se beneficiará con ello. El trabajo significa pero no es el sentido último del ser humano.