Tu Padre…

por Sep 18, 2019Dabarim, Recursos

Ninguno de los dos hijos conocía a su Padre. Muchas veces pasamos la vida entera sin reconocer a nuestro Padre y su corazón tan lleno de amor. A veces, porque nos sentimos tan lejos de su misericordia, que nos atosigamos con culpas y condenas que no nos corresponden. A veces, porque nos sentimos los criados de este señor, sólo indignos de su amor o su confianza. Y así, se nos va la vida. 

El pueblo de Jesús pensaba que Dios se comportaba como un gran juez, en un trono lejano, vigilando a los seres humanos y castigando a todos los que no cumplían sus leyes. Bueno, algunos en el pueblo de Jesús pensaban así. Porque había un grupo de personas sencillas que, sin saber cómo, tenían la intuición de que Dios tendría que ser más cercano, más amoroso, más feliz. Por eso, cuando llegó Jesús con su mensaje todo tuvo sentido para ellos y por eso lo buscaban y querían escucharlo.
Pero no todos se alegraban de esta nueva manera de entender quién es Dios. Y es que una vez que adquirimos una costumbre o una creencia sobre algo, y la hemos convertido en un prejuicio, difícilmente podemos renunciar a él. Así pasaba con aquellos que critican a Jesús. Y sigue sucediendo con los que quieren una Iglesia exclusiva, que se reserva el derecho de admisiónEl mensaje de Jesús es muy claro: TODOS ESTÁN INVITADOS. 

¿Cuál es el problema de estas personas? Me atrevo a pensar que no acaban de experimentar el amor sin fin del Padre. Piensan que necesitan cumplir con requisitos para merecer el amor. ¡Qué tristeza encontrar hermanos que nunca han reconocido que esto es gratuito! Al saber que todo se regala, entonces todo cambiaes decir, que nuestro amor es una respuesta al gran amor que Dios nos ha tenido. Eso quiere decir que nuestras vidas dan testimonio de esa fiesta-banquete que organiza el Padre, para celebrar que ahora nuestro corazón ha vuelto a casa para siempre. Pensar en esa libertad y generosidad de Dios no cabe en un corazón enjuto, encogido, egoísta.

Y luego, hay otro grupo: los que piensan que no pueden estar cerca del corazón de Dios porque no se lo merecen.  Lo que ellos no acaban de comprender es que ese gran amor les habita, los cubre y acompañaAunque ellos se crean fuera del alcance de la compasión de Dios, y se carguen de culpas y llenen su cabeza de ideas como: “soy indigno”, “Dios no me mira, ni se compadece porque soy malo”, o “eso es para los que están cerca de Dios, yo no me acerco a esas cosas”. ¿Cuál es el problema? Por un lado, que están metidas en una visión torcida del amor de Dios. Igual que los otros hermanos, creen que Dios nos juzga primero y nos ama después, depende del resultado del juicio. Por otro lado, el amor de Dios compromete y no todos están dispuestos a asumir esa responsabilidad. Entonces la culpa es la excusa perfecta para no asumir un camino de transformación y liberación.

Nuestro caminar siguiendo a Jesús exige dos rasgos frente a estas dos tendencias típicas del corazón humano. Primero, dejarse mirar y tocar por Dios. Ese amor infinito puede sanar nuestras heridas, nuestra visión empañada de su verdadera personalidad. Segundo, ser un agradecido de ese amor infinito. Piensa en tu platillo favorito, ¿acaso no te gustaría que todo el mundo probara esa delicia y compartiera contigo el gozo de disfrutar? ¿No podría suceder lo mismo con Dios? Cuando alguien se ha dejado mirar por Dios, y está agradecido con lo que hace porque siembra vida y alegría. ¡¡No puede dejar de invitar a todos a la fiesta que hay en su corazón!!

Y tú, ¿crees en este Padre que te ama incondicionalmente?