El sabor tiene trazos de alegría y cansancio. A veces uno encuentra una forma de pago en medio del cansancio, cuando el esfuerzo que ponemos se corona con una calificación o un comentario.

¿Qué hace uno en los veranos? ¿Es comparable al esfuerzo de los compañeros? ¿Es en verdad un calvario, o al menos un valle de lágrimas?

Cada verano, por cinco años, los juniores escolapios estudiamos en la Universidad Marista en un programa que nos viene como anillo al dedo: es una carrera en educación media superior, por lo que podemos obtener un título que nos acredite para participar en nuestros colegios en las áreas a las que regularmente somos enviados al terminar los estudios; es un grado que se estudia en los veranos, con lo que nos deja los otros meses para dedicarnos de lleno al estudio de la filosofía y la teología; otros institutos también participan, con lo que vamos creando lazos de amistad que pueden redundar en la construcción del Reino más adelante. En fin, el programa es bueno para obtener una rápida y somera preparación con miras al magisterio. Al final de cuentas, quienes ya hemos pasado por las aulas sabemos que cinco meses arduos, o cuatro años en dos códigos, no nos preparan tanto como la experiencia misma, cuando la vida misma se encarga de ir desarrollando los arrestos, las tablas, el colmillo. Con todo, es un gran inicio para quienes no hayan tenido ni idea de lo que implica la enseñanza.

He utilizado la palabra “arduo” para referirme a esos cinco meses: cinco veranos, cinco años, un mes cada vez, cuatro semanas. ¿Por qué? Porque lo son. Uno entra en un ritmo diferente, que exige más de lo que usualmente tenemos en la escuela de filosofía o teología. (Quizás con la excepción de los trabajos finales: “universa” y “tesis”) Las tareas, por ejemplo, son casi siempre para la misma semana, para el día siguiente, para el mismo día… Levantarnos temprano después de una semana comienza a mostrar sus estragos, no porque madruguemos demasiado, sino porque muchos nos vamos a dormir algo tarde, precisamente por la carga de trabajo. Llegamos por la tarde, y nos espera la comida, ya hecha, sólo tenemos que calentarla y en eso encuentro una de las más grandes bendiciones del periodo. ¡No sé qué sería si encima tuviéramos que cocinar! Pero sí sé que varios de nuestros compañeros están en esa situación, por lo que su esfuerzo es mayor al nuestro.

Es arduo, sí, pero no es imposible y tampoco estamos en la indigencia durante ese mes. Además de la comida lista y la ropa limpia, nuestro horario queda abierto para que vayamos poniendo nuestro propio ritmo. Incluso la comida queda abierta: habrá quienes prefieran dormir al llegar a casa, aliviando el cansancio y paliando el esfuerzo que implicará desvelarse, una vez más, por aquella tarea, o la dichosa lectura que será discutida en clase. La invitación en general es que cada uno pueda disciplinarse e ir de acuerdo al propio ritmo, según las propias fuerzas, y sabiéndose respaldado en todo momento.

Solamente me falta un verano más. Las primeras líneas de esta entrada las escribí el 12 de agosto de 2016, hace cerca de tres meses. Estaba cansado, listo para volver a casa, en el prenoviciado; pues me había quedado en el juniorato, con mis hermanos que me recibieron amablemente. Las anotaciones que hago son después de la experiencia y –lógicamente– después de haber descansado. Me sé afortunado, me vivo agradecido con la Escuela Pía, que me permite vivir estas experiencias y prepararme para dar lo mejor a quienes me esperan, a quienes ya comparten conmigo en medio de los avatares del apostolado sabatino típico de un junior. Después del siguiente verano, habré terminado ese proceso, esa etapa, Dios mediante, me habré graduado.

Son cinco meses, son arduos, son la mejor oportunidad para adquirir una disciplina propia y para ir ensayando también la vida apostólica que tendremos más adelante: levantarse temprano para la oración común matutina, salir hacia las labores cotidianas, recuperar fuerzas en la comida y reconocer las historias propias y del otro en medio del trajín, quizás acostarse tarde por los mil y un pendientes que atraviesan nuestro desgaste por el Reino. Una vida con sentido, sin duda. Los escolapios, según me han dicho tres queridos amigos este fin de semana pasado, después de la convivencia vocacional, trabajamos mucho; no es que nos sobre tiempo, nos sobra, creo, corazón.

Así, al final, más que una calificación o un comentario, uno se lleva al lecho la alegría porque nuestra vida se va desgranando, jornada a jornada, hasta el maravilloso encuentro definitivo con el Señor. La esperanza está en escuchar ese “bendito de mi Padre” y mirar su rostro sonriente y glorioso, como nunca lo habría podido imaginar en mis momentos más lúcidos.