PARTE III
El hombre que conduce, o que informa, o que habla por el micrófono de esta unidad se ha disculpado por el retraso. Tal parece que estamos esperando que nos dejen pasar. ¿Una manifestación contra QiQi? ¿Los encuerados de los 400 pueblos pidiendo que Colombia se disculpe de una buena vez y se deje de mariconadas? ¿López Obrador apoyando a Obama? ¡¡No!! Es sólo que estamos atascados gracias a la atinada organización de este cruce. Viaducto e Insurgentes se quedan cortos, según parece: se solicita urgentemente un tamarindo chilango que venga al rescate de estos pobres neófitos. Gracias. Por otra parte, tengo hambre y no me preparé un sándwich en la cafetería esta mañana. Ahora me arrepiento de haber olvidado la red de mandarinas en mi habitación. ¡Hijos de su qué barbaridad! Los chicos del asiento de al lado tienen provisiones como para tres o más días. Desde pequeñas botellas conteniendo misteriosos líquidos, hasta unas frutillas que penden de las redes de los asientos frente a ellos. El tren se mueve… ¡Se mueve!

Descubrí que este tren tiene conexiones electrónicas. Debo reconocer que había visto los enchufes, pero naturalmente desconfiado dado mi origen mexicano, no creí que funcionaran Mi vecino ruidoso (que para algo tenía que servir) me informó que sí transmitían electricidad. Lo hizo en forma indirecta, claro está, en una de sus tan interesantes conversaciones.

Henos aquí. Gary, (creo) el pueblito de Miguelito Jackson, el llamado Rey del Pop. El lugar es algo sucio, triste, como si el tiempo se hubiera ocupado en desgastarlo, reduciéndolo a un cementerio donde los carros oxidados miran pasar el tiempo y los trenes, donde el agua se rinde, deja atrás su belleza y esplendor en aras del progreso industrial de esta nación. Ya no es azul, aunque intenta con un pálido plúmbago convencerme de que es agua en verdad. Las grandes chimeneas arrojan sus efluvios al aire y nos recortan más y más el oxígeno útil con su contaminación. Comienzo a ver pequeñas casas, las famosas “backyard houses” de los años veinte del siglo pasado. Las casas se agrupan estrechamente y se atisban detrás de una hilera de árboles dormidos en espera de la primavera, la real, no la del calendario. El sol ha pasado a iluminar el otro borde de mi pantalla, lo que indica que el tiempo es inexorable después de todo. Nos hemos vuelto a detener.

La parada fue de rutina, sólo para declarar que estamos aquí, que llegamos bien. Sentir la vibración de las vías y el bamboleo incesante me hace pensar en la loca manía que tenía de niño de dar vueltas y marearme. Después de un tiempo descubrí que podía “des-marearme” si daba vueltas en sentido inverso. Esto fue luego de leer sobre las leyes universales de Newton. Ocurrencias infantiles.

Parece que el tren está retrasado. Un hombre que parece una mezcla extraña del boletero del Expreso Polar y Charlie (no mi amigo español) el de la fábrica de chocolates nos ha dado la mala noticia. Estaremos esperando entre 30 y 60 minutos aquí. Como lo vaticinó el señor García, Gary es un punto difícil. Estamos atorados, y no hay poder humano que nos rescate. Me pregunto si podemos bajar a estirar las piernas…. Iré a averiguarlo.

PARTE IV
No pude bajar del tren, pero afortunadamente encontré el carrito comedor. No es muy elegante ni lujoso, pero tenían un bocadillo de pavo que, junto a las papas y una lata de pepsicola, mitigó mi apetito. Mientras estaba ordenando mi comida (o lo que haya sido) el tren se puso en marcha. Ahora, con el sol pegándome junto en la cara, estamos entrando a un sitio diferente. Vuelvo a escuchar el silbido agudo del tren, la urbe debe saber de nuestra presencia. Un insistente pitido anuncia: “¡Aquí! ¡Llegamos! ¡Qué bien!” Con todo y los retrasos, algunos rascacielos nos reciben con cierta indiferencia, propia de los sitios. El hombre del sonido, cuyo rostro nunca pude ver, nos informa aquello que ya sabía por el paisaje.

El sol azota con su fulgor las impecables láminas de metal plateado que, en respuesta, nos ciega con reflejos brillantes y alegres. La estación de Amrak se yergue imponente a nuestra vista, mientras entramos a un túnel, cuyas luces mitigan la oscuridad que contrasta con la soleada tarde que hay afuera. De pronto todo cambia: eso pasa en las grandes ciudades. Estamos en un sitio que parece salido de alguna película de acción barata donde el bueno tiene que arriesgar su vida para atrapar al malo antes de que el tren salte en pedazos con la dulce y sensual, pero inútil mujer. ¡Qué bárbaro! ¡Lo que hace Hollywood en estos días!

El tren se detiene. La gente se pone inquieta y baja sus pertenencias de los compartimientos en la parte superior. Mi vecino ruidoso se arregla con un tipo atrás de mí. Ya no me importa. El viaje ha terminado y fue una grata, muy grata experiencia. Es hora de explorar un poco y estirar las piernas. Chicago, aquí vamos.