No sé exactamente cuanto tiempo ha pasado desde que publiqué algo. Estoy seguro que tampoco he sido extrañado. Ni siquiera yo mismo me extrañé de que desde el 22 de abril se hayan secado estos campos. Pero de vuelta al páramo, mirando el yermo paisaje a mi alrededor me quedo con ciertas cosas que bien podrían comentarse. Los pequeños arbustos en medio del sofocante desierto en que me encuentro desde hace un tiempo.

El final de abril pasó sin mayores contratiempos. Aunque trabajar con los chavos de JME de algún modo me dejó pensando sobre los viejos tiempos, cuando quería dedicarme a la Pastoral Juvenil, cuando era un escolapio ingenuo, simple y lleno de ganas que esperaba tocar vidas y cambiar mundos… me hizo bien poder volver a esos días, al menos dentro de mi corazón y para mi propia reflexión. Por un segundo debo reconocer que me hizo mucho ruido. No es que no hayan ocasiones en las que uno se ponga a pensar los “hubieras” respecto al seminario; simplemente es algo que vive en nuestro corazón y no se arranca como lo harías con una rama o un arbusto en medio del jardín. La experiencia en la Escuela Pía me dejó una huella indeleble y que, para bien y para mal, me acompañará todo el tiempo. JME y Jornadas me puso de nuevo en ese ambiente que genera sueños, que llega al Señor de forma especial, que toca corazones y que nos plantea dudas fundamentales: incómodas.

En medio de todas esas preguntas. ¿qué hice de mis días? ¿Por qué me fui a Kalamazoo? ¿Qué acabé ganando con la experiencia en Michigan? ¿Cuándo sabré los dividendos que merezco por ello? ¿Habrá alguno? ¿Valió la pena despegarme un año de Oaxaca? ¿Valió la pena volver a Oaxaca en 2004? ¿Por qué lo hice? ¿Tuve un proceso adecuado o simplemente me ganó la misma ingenuidad? ¿Qué tan ingenuo sigo siendo? Los sueños que traje al volver de cada experiencia ¿se han visto realizados? ¿Por qué no? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué sigue en mi vida, para dónde debo ir? ¿A qué le tengo miedo? ¿Por qué ahora no me muevo? ¿Cómo me saco esta espina que me dice que todo está de cabeza y no puedo seguir? ¿Dónde está la salida a esta depresión que por lo bajo me ha estado matando desde marzo? (o quizás antes) ¿Cuál es mi motivo para seguir luchando? ¿Vale la pena apostar por lo que soñé?… Porque después de todo la vida se ha ido encargando de sepultar mis ingenuidades y sueños hasta que no tengo más qué ofrecer… Mi alforja es una paradoja cruel y dolorosa: está llena pero no parece que pueda ofrecer algo a alguien ahora.

Así fue mayo. Preguntas y más preguntas. ¿Quién soy? ¿Qué sigue? ¿Para dónde voy? ¿Qué quiero? Esta última pregunta la más aterradora de todas: ¿Qué quiero? Toda mi vida el Señor me ha visto con más que Misericordia. Quería algo y llegaba, de un modo u otro, tarde o temprano aparecía la oportunidad para alcanzar aquello que quise. A veces ya hasta había olvidado que lo había pedido, pero no dejaba de disfrutar el regalo de Dios en mi vida. Hoy no sabía para dónde ir. La certeza de que tengo carta abierta y que Dios es un Padre amoroso que está ahí para ayudarme, que me ha dado la capacidad para conseguirlo… me ha hecho temblar por primera vez. Me asusta y al mismo tiempo me fascina Dios y el poder que ha puesto en mí. Es como si el Señor se sentara en una piedra a la vera del camino y dijera: ¿A dónde quieres que vayamos? Y yo ahí, perplejo ante semejante ofrecimiento… esperando la fácil: “Tú dime, llámame”; esperando la simpleza de un “el plan es no tenerlo” para escabullirme entre los campos y esperar que el mundo gire y traiga una pista, una señal, una chispa… como cuando era más joven.

Parecerá tonto… pero esa era mi situación en mayo, es mi situación en junio, aunque hoy, con un poco de timidez, quiero seguir estudiando, quiero trabajar, quiero hacer lo que me nutre, me llena de vida, me hace feliz: ser maestro. Digo que con timidez porque tampoco me lanzo desenfrenado a buscar un trabajo, el que sea, como sea… Lo pienso, lo calculo, sé que debo esperar un título que me respalde antes de atacar por completo los mundos que tengo frente a mí. Y sé también que el título no resolverá nada, no es un documento mágico que me haga valiente, entregado y me aliste para la vida: es un papel, nada más. Yo le doy valor al título y no al revés, jamás al revés.

Mi cumpleaños lo viví con gusto. Sólo una pequeña oscuridad en mi corazón por la que rezaba cada noche, para que “Ella” estuviera bien, para que fuera feliz por fin, porque lo merece más que nadie y, de haber sido otra la historia, yo me habría encargado de abrazarla cada noche hasta dormir, de protegerla con mi amor de pesadillas y amenazas, yo habría sido un brazo para aferrarse en las tinieblas, un beso que consuele los dolores, una armadura contra dardos envenenados. Aún me consuela que soy ojos para leer sus letras y dedos para poner palabras en su pecho, animar y escuchar devotamente sus palabras. Mi corazón había latido a ese ritmo, sólo que no lo sabía… hasta Santiago, hasta Agosto que se hace eterno allí donde el tiempo se dobla y seguimos tan cercanos.

Se acabó mayo y llegó un junio que me vio tramitar el certificado de la carrera, la constancia de liberación del servicio social, la carta de pasante y así iniciar el papeleo hasta el título. Que me vio consultando la oferta de trabajo en otros estados para gente como yo. Que me halló mirando becas, ofertas, países… soñando locuras, pero esta vez sin reprocharme porque mi imaginación me arrancaba sonrisas y algo de endorfinas por aquí y por allá. Un junio que me deja con un mejor amigo más cercano, diáfano, entregado, generoso, alegre, “entrón” y “jalador”. Un hombre honesto que lucha cada día por vencerse y crecer, por demostrarse cuánto será capaz de hacer hoy y de cuantos muros romperá a base de talento, tesón, garra y una pizca de fortuna. Un junio que sorprende con la posibilidad de tener a San José como una capilla juvenil, un espacio privilegiado… mira que Dios va poniendo cosas que da miedo.

Y julio ¿qué? Yo creo que vendrá. Después de todo tiene una cita conmigo desde el prinicipio del tiempo. Tal vez haya trabajo por fin, tal vez entienda qué significan las señales incongruentes de los últimos meses, o simplemente lleguen a mi puerta los extraterrestres y me inviten a un recorrido turístico por la región más lejana de la galaxia antes que nos quiten otro planeta. ¿Alguien extraña a Plutón?

Ah, por cierto… ya tengo 25 años. Y me siento como la tortuga de “Finding Nemo”, ¡¡cuate!!