¿Y el pastor?

por | Dic 31, 2018 | Dabarim | 0 Comentarios

Y, ¿qué ocurrió después?, nos podremos preguntar en esta mañana de Navidad, con el pequeño pastor asombrado ante el niño Jesús. Sabemos que él era incapaz de imaginar qué hacer o qué decir frente al portal.

El gran descubrimiento del pequeño pastor fue que el niño era tan parecido a él cuando era un bebé. Se trataba de un recién nacido, frágil e indefenso. Pero, ¿qué ocurriría con él cuando creciera? ¿Se cumplirían todas las promesas hechas a su Pueblo? ¿En serio Dios había mandado un signo tan extraño? ¡Es como yo!, pensó nuestro amigo pastor.

La ternura que inspiraba aquel niño era inmensa, pero también había una pizca de respeto –casi un temor reverencial– en su corazón. Podía sentir una bravura especial porque podría defender a ese niño toda la vida, lo seguiría donde fuera y haría caso a todas sus palabras. Estaba completamente emocionado frente a él. La madre del niño sonreía por el gesto del pastor. Haz lo que él te diga susurraba en el fondo de su corazón. Una frase cargada del amor que inspiraba ese niño, en aquella noche callada y luminosa.

La alegría que sentían todos en el corazón hacía más pasadero el frío. Había sido la madrugada que llegaba con un rocío estremecedor. Los animales se agolpaban unos contra otros para tener más calor, mientras que la madre abrazaría al niño más fuerte contra su pecho, abrigada por el cariño de su esposo, nervioso. Iban y venían sonrisas, miradas cómplices entre ellos. Quienes los observaban podrían simplemente decir que eran unos padres primerizos embobados con su recién nacido; pero había algo más: esa alegría venía del cielo porque brotaba de las honduras de los corazones de todos. Así se debía sentir el cielo: alegría y paz.

Jesús, el Verbo, se había hecho carne. Una decisión cargada de amor: acampar en nuestra tierra, caminar junto a nosotros, ser igual a ti y a mí. ¿Por qué? Simple, y a la vez ¡maravilloso! Ha venido aquí para que tú y yo podamos ir allá donde él ha estado desde antes del tiempo. Si él tiene dos ojos pequeños, es para que tú puedas mirar a todos con el mismo amor que él te mira. Si él tiene unas manos pequeñas y suaves, es para que tú puedas servir a otros con el mismo amor con que él te ha servido. Si él tiene una boca, una voz, es para que tú anuncies la Verdad con la misma fidelidad y pasión con las que él te llamó por tu nombre.

El gran intercambio de esta noche es que el cielo ha llovido un salvador para que nosotros podamos subir y restaurar nuestra relación con el Padre. Si un día te olvidas que Dios te ama, desconfías de que esté cerca de ti porque crees que eres un pecador imperdonable; o bien, si un día te enfadas porque Dios no ha respondido a tus expectativas, y quieres romper la relación con él, contempla al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

¿Acaso no te miras reflejado en sus ojos? ¿No ves que tu Padre te ama así?…