¿Cuántas veces nos han contado alguna historia de cuando éramos niños? Luego, nosotros las hemos repetido, quizá sólo a nosotros mismos, pero también las habremos relatado a otras personas, como anécdotas de un pasado que guarda rasgos compartidos con nuestros interlocutores. A mí me ha pasado este viernes que, a la par de un café en el centro de Tlalpan, discurría con Lupillo sobre todos estos temas.

Mientras lo hacía, caí en cuenta de dos cosas: la libertad y responsabilidad con las que fui educado, y el papel que significó la miopía y no asistir al kinder cuando pequeño. Esos dos elementos casi nunca los había hilvanado con el resto del conjunto de mitos que de mí se han contado entre mis familiares y amigos.

Desde pequeño he sido algo distinto. Cuando mis padres intentaron que yo fuera al kinder, dos experiencias bastante desagradables en el cole, apenas en los primeros dos días, hicieron que desistiera. Ellos buscaron convencerme al final del primer día: “esa niña no quiso aventarte tierra en la cabeza en el arenero”, “así pasa a veces”, “la maestra no puso atención porque tenía muchos otros niños que atender, que son más traviesos que tú”… En fin, que volví a la mañana siguiente. Pero cuando no me dejaron ir al baño ¡fue el límite! Hablamos de una necesidad fundamental –o así lo aprendí de mi padre desde más pequeño– Entonces, fue mi papá quien estuvo de mi lado, apoyando mi respuesta porque era racional, justificada, bien integrada y dicha al seno familiar. Creo que ahí se sentó la base de mi necesidad de coherencia lógica, de sentido lógico para tomar las decisiones de mi vida. Yo en ese momento no tenía forma de saberlo; pero toda mi experiencia de aprendizaje se vio trastocada gracias a que mi padre apoyó mi decisión.

Me quedé en casa por las tardes. En las mañanas iba con mi padre a su trabajo. A veces acompañaba también a mi madre al suyo por las tardes, en la escuela primaria donde el siguiente año sería matriculado: Justo Sierra. Entre los libros que hallaba en el trabajo de mis padres, o los que tenía al alcance de mi mano en casa, conseguí aprender lo básico de la lectura. No hubo más que asociar palabras a los dibujos, luego, reconocer símbolos y después pasar a la identificación de palabras completas dentro de una oración. No aprendí por sílabas, sino por palabras completas; luego por frases completas hasta que fui capaz de predecir lo que probablemente vendría en la otra página. ¡Era tan emocionante! Y me gustaba mucho porque a través de las letras conocí mundos fascinantes, desconocidos, lejanos y misteriosos: del pasado y del presente. Estar en casa contribuyó grandemente a que, en medio del silencio, me dejara llevar por las letras hasta lugares poco imaginados, acrecentara mis conocimientos y la capacidad de mi imaginación, de mi lenguaje, de la misma construcción – deconstrucción de la realidad que vivía.

No obstante, leía igual que mi padre: inclinando un poco la cabeza hacia abajo, subiendo los ojos hasta encontrar el punto exacto en que las letras tenían sentido. Ya que mi padre lo hacía así, supuse que todo el mundo lo haría así; o que era la mejor manera de hacerlo. Él siempre había usado lentes, para mí eso era parte de su cara, prácticamente. Sabía que lo hacía porque estaba enfermo de los ojos aunque no comprendía bien qué era eso. Ya que aprendí a leer, a mis padres no les preocupó demasiado mi vista… hasta que fue estrictamente necesario.

La primaria llegó. Parecería que saber leer sería una ventaja considerable, pero la profesora comenzó a notar algo muy simpático: yo podía leer cuando los libros estaban cerca del rostro, pero ¡olvídate del pizarrón! No había manera de hacer que yo pudiera leer lo que ella anotaba. Me sentaba por en medio del salón porque mi apellido es Herrera y el orden de los mesa-bancos era alfabético. Un día, me llamó hasta ella, al frente, me levantó y entonces las letras cambiaron, leí como siempre había podido leer, sin ningún problema. Llamó a mis padres y, para no hacer el cuento largo, a los siete años estrené mi primer par de anteojos.

¡Tiene sentido que yo haya visto siempre al piso, y no al frente cuando caminaba de pequeño! Le decía a Lupillo aquella mañana. ¡Era lo único claro frente a mí! Lo demás era confusión. Después de pensarlo un rato más, supongo que también tiene que ver con la forma en que analizo las cosas, la realidad frente a mí. Espero poder discernir aclarando lo que tengo más cerca, luego, si es posible, incluyo algo más lejano. Lo más borroso, confuso, incomprensible, lo ignoro, pues no puedo formular un juicio sobre lo desconocido aparte de mi ignorancia supina. Así, poco a poco, confusión y lejanía, que conllevan el riesgo, fueron desapareciendo de mi horizonte de interpretación de la realidad. Empecé a dejar de correr riesgos, a darme cuenta de que era mejor no aventurarse más allá de lo ya conocido.

Mientras pudiera racionalizar mi conducta, explicarla clara y ordenadamente, y obtener resultados previsibles, no tendría daño alguno y obraría adecuadamente. Por eso, cualquier riesgo que prácticamente todo niño de mi edad tomaba a mí me parecía fuera de juicio, intempestivo, indeseable. No quise volver al kinder. Prefería quedarme en casa  a leer o jugar dentro de casa, antes que ir a fiestas con mis padres. Me gustaba quedarme en silencio, hablar conmigo mismo en una reelaboración del mito de mis hermanos, que mi conciencia infantil pudo introyectar hasta reconocer otras tres versiones de mí mismo. –algo a lo que dedicaré otro post– Creo que mis padres reconocieron en todo esto un cierto genio, una cierta habilidad poco común, y por eso aceptaron mis decisiones. Gracias a ese respeto pude crecer como lo hice y ¡estoy eternamente agradecido por ello!

No cabe duda que la infancia suele ser el momento fundante de la personalidad de cada ser humano. Y a ti, querido lector, ¿cómo marcó tu infancia al corazón? ¿Y a tu interpretación de la realidad?